Perpetuum mobile

«El movimiento es el fundamento de la Fe en la Realidad, y al fin lo solo que con ese pretesto se mueve es el Capital, que sólo moviéndose vive, la vida de la muerte.»
(Agustín García Calvo, 37 adioses al mundo)

Se considera, con bastante unanimidad, que el escenario actual empezó a perfilarse recién estrenada la década de los ochenta, cuando Ronald Reagan, actuando como uno de aquellos héroes de una pieza que aparecían en sus películas, se puso a despedir personalmente, por carta, a los controladores aéreos que se habían declarado en huelga para exigir mejoras en sus condiciones laborales, aumento de sueldo, jornadas más cortas y algunos derechos relativos a su jubilación. Al tiempo que declaraba ilegal al sindicato que había apoyado la huelga, Reagan metió en la cárcel a algunos de sus dirigentes, mandó a casa a once mil trabajadores de una tacada —a los que impuso un veto de por vida, lo que, al menos en grado de tentativa, equivalía a matarlos de hambre, a ellos y a sus familias— y los sustituyó por personal militar. Lo sorprendente, lo grotesco, lo trágico del asunto es que medio planeta aplaudió la medida, empezando por eso que por entonces todavía podía llamarse proletariado y por una entonces triunfante clase media. Porque los controladores cobraban mucho, porque eran unos privilegiados, porque caían mal. Las consecuencias de esa vileza se empezaron a ver muy pronto, y no hace falta explicarlas porque son las que estamos sufriendo muchos y disfrutando unos pocos ahora, en plena era de la crisis perpetua.

Durante todo ese tiempo, no sólo ese proletariado y esa clase media que se rompieron las manos aplaudiendo la hazaña del galán de la Casa Blanca se han llevado tal mano de hostias que no hay quien los reconozca: a la misma burguesía que aguantaba cual Atlas aquel mundo sobre sus espaldas las piernas ya no le sostienen. Aquella burguesía industrial que parió este sistema y que lo ha defendido con uñas y dientes a lo largo de décadas todavía no se ha dado cuenta hasta qué punto ha sido devorada por él. Acostumbrados mandar, a identificarse con la clase dominante, a creerse parte de ella, esos burgueses de fabriquita, mercedes, comida dominical en familia y misa semanal —o diaria, a veces—, que se jactaban de llegar al despacho antes que sus trabajadores y salir después de que lo hiciera el último de ellos, parecen no darse cuenta de que no pintan ya una mierda, que quienes cortan el bacalao son los que mueven de un lado para otro mercancías por todo el mundo, asistidos por una élite financiera completamente ajena a su código de valores —al suyo y a cualesquiera otro—. De ellos son las rutas marítimas, las infraestructuras viarias, portuarias y aeroportuarias, y de ellos son las virutas que el dinero va dejándose en su perpetuo rodar por esos cauces.

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Logomaquia taurómaca

«Es un hecho de evidencia arrolladora que, durante generaciones, fue, tal vez, esa Fiesta la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles… Sin tenerlo con toda claridad, no se puede hacer la historia de España desde 1650 a nuestros días». (José Ortega y Gasset)

«La lucha de toros no ha sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida. En muchas provincias no se conoció jamás: en otras se circunscribió a las capitales, y dondequiera que fueron celebrados lo fue solamente a largos periodos, y concurriendo a verla el pueblo de las capitales y de tal cual aldea circunvecina. Se puede, por tanto, calcular que de todo el pueblo de España, apenas la centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo. ¿Cómo, pues, se ha pretendido darle el título de diversión nacional?» (Gaspar Melchor de Jovellanos)

«Hablar sobre los toros supone movilizar las ideas de religión, la idea de cultura, la idea de derecho… es decir, pone en contribución todas las ideas fundamentales de nuestras constelaciones filosóficas, y por tanto es una cuestión que no puede tratarse a la ligera, de un modo banal, por agresivo que sea, sino que exige una reflexión muy distinta de carácter filosófico.» (Gustavo Bueno)

«La filosofía es el arte de intentar ordeñar un toro a oscuras.» (Joan Fuster)

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Memoria del paraíso

A aquellos animales que conocí.

En los teatros romanos, la summa cavea era la parte superior del graderío y estaba destinada a los que, por una razón u otra, no eran reconocidos como ciudadanos. La plebe y los demás estamentos se repartían el resto de escalones de arriba abajo, en sentido inverso a su posición en la pirámide social. Más tarde, esa estructura se adaptó a los grandes teatros a la italiana y posteriormente a los cines en una progresiva simplificación de la división de espacios, más evidente cuanto más pequeña era la sala. Raras eran las que tenían dos plantas superiores. Lo más habitual era que tuvieran una o ninguna. Los cines con piso elevado se apartaban de la simplicidad estabularia que los establecimientos más modestos apenas conseguían disimular. Eran espacios que se construían más para ampliar el aforo que para contribuir a la asepsia social, y dadas las dimensiones tan reducidas que a veces tenían aquellos locales, el patio de butacas lo tenía difícil para validar aquella extraña lógica arquitectónica. No parecía para nada el lugar privilegiado que supuestamente era. A muchos, y sobre todo a los adolescentes que en los años sesenta y setenta no conocíamos más que los cines de pueblo no nos lo parecía, lo que nos atraía era el altillo. Hasta que no comenzamos a ir a los cines de estreno de la capital no supimos que la entrada para acceder a él era la más barata. De hecho, creíamos que los viejos se quedaban abajo para no tener que subir escaleras.

En Inglaterra, a la zona que está situada en la parte más alta de los grandes teatros se la llama the gods, porque desde allí casi se pueden tocar las pinturas mitológicas que suelen decorar los techos, ampulosos motivos que a lo largo del siglo XX se sustituyeron en los cines por exóticos ornamentos art déco (sólo en algunos, en la mayoría se dejó esa tarea decorativa a las humedades). Y también, como aquí y en Francia, a esa zona se la llamó «el paraíso» por su cercanía al cielo raso. También podía haberse llamado así porque a él iban a parar los que querían asaltarlo, aunque sólo fuera de manera intuitiva o a salto de mata. Allí iban a parar muchos aquejados de una cinefilia primitiva, que no distinguían entre la película, el rito de la proyección y el festín social que se celebraba en aquel recinto casi sagrado cada domingo por la tarde. Desde el paraíso se podía ver todo sin ser visto, como sabían muy bien algunas parejas que se refugiaban en lo más alto, y además mirando cómodamente hacia abajo, mientras los del patio de butacas se jodían la cerviz mirando hacia arriba. Ciertamente, también era el sitio donde iban a parar aquellos a los que el cine les importaba un bledo. Decir que en esas gradas alejadas del escenario era donde se alojaba el sentido crítico —que no los críticos— puede que sea una exageración, pero en cualquier caso era donde se acumulaban las ansias de subversión, donde iban a parar los disconformes, los misfits, los saboteadores y algún que otro cabrón. Siempre prestos a burlarse de lo que a los demás les gustara, pero siempre dispuestos a dejarse seducir por los arquetipos que, en la pantalla, superaran su capacidad transgresora, ya fuera Tarzán, su amiga chita, Jerry Lewis, el vaquero sin nombre o Toro Sentado.

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«Libros estúpidos»

CLIENTE: Esos libros son una estupidez, ¿verdad?
LIBRERO: ¿Cuáles?
CLIENTE: Me refiero a esas fábulas de animales en que el gato y el ratón son grandes amigos.
LIBRERO: Supongo que son poco realistas, pero la ficción es así.
CLIENTE: No, no es que sean poco realistas, es que son estúpidos.
LIBRERO: Bueno… los autores usan esos recursos para enseñar a los niños que deben aceptar a todo tipo de gente, ¿no le parece?
CLIENTE: Tal vez, pero yo creo que los libros no deberían fingir que las personas congenian con cualquiera así como así, que todo es coser y cantar. Los niños deberían aprender que la vida es una mierda, y cuanto antes mejor.

(Jen Campbell. Cosas raras que se oyen en las librerías)

Cojamos una obra literaria cualquiera. No importa lo adulta que parezca. Da igual que sea Los Viajes de Gulliver o Bajo el Volcán. El mismísimo Ulises, si queremos. O Las flores del mal. Una vez elegida, dejémosla en manos de un comité de censura debidamente puesto al día. Junto al cura y el militar de toda la vida, que haya también representantes de todos los colectivos de la corrección política. Sí, tienden al infinito, pero hagamos un esfuerzo para que nadie se sienta discriminado. Dejemos que corten todo lo que les parezca reprobable, que reescriban todo lo que les parezca erróneo, abyecto, confuso, ofensivo o inmoral. Y después, dejemos que eliminen todo lo que, simplemente, no entienden. Quedará un libro para niños de lo más apañado. Así se han hecho cientos de adaptaciones de clásicos. Y la mayor parte de la porrada de libros infantiles y juveniles que circulan por ahí no son algo muy diferente, obras artificiosas y mendaces urdidas por moralistas convencidos de su alta misión redentora. Aclaremos que hay excepciones que escapan a ese diagnóstico y ponen en entredicho la pertinencia de este criterio clasificatorio, y que tampoco nos referimos al libro abierta y honestamente pedagógico, como silabarios, catones y libros de aritmética, sino a esa literatura segmentada según tramos de edad, supuestamente ajustada a los niveles de raciocinio, comprensión lectora y madurez emocional que, supuestamente también, corresponden a cada uno de esos tramos y que, con la excusa de abrir a los niños las puertas del conocimiento, colonizan a conciencia las vírgenes praderas que hay detrás de sus ojos.

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Héroes del apocalipsis

Obedeciendo las órdenes del general Ripper, que ha decidido hacer lo que sea para evitar que los comunistas sigan contaminando sus fluidos vitales, un escuadrón de B-52 se dirige hacia la URSS completamente fuera de control y dispuestos a atacar. Cada uno de los aviones lleva un cargamento nuclear equivalente a 50 megatones.
En la Sala de Guerra del Pentágono, el general Turgidson, un compulsivo mascador de chicle, le expone al presidente de los Estados Unidos su punto de vista sobre la situación:
—En menos de quince minutos, los rusos harán contacto por radar con nuestros aviones. Cuando lo hagan, se subirán por las paredes y contraatacarán con todo lo que tienen. Si antes no hemos hecho nada para suprimir su capacidad de contraatacar sufriremos un auténtico aniquilamiento total. Si por contra lanzamos un ataque inmediato, total y coordinado sobre todas sus pistas y sus bases ¡les cazaríamos con los pantalones bajados! —su cara se ilumina como sorprendida de su propia sagacidad—. ¡Joder —exclama—, les ganamos en misiles cinco a uno!
El presidente esgrime un par de excusas protocolarias. Turgidson las rebate rápidamente y prosigue, cada vez más entusiasmado con su idea:
—Señor presidente, nos acercamos rápidamente al momento de la verdad. Es necesario elegir entre dos paisajes de posguerra, ciertamente  lamentables pero claramente distinguibles. Uno donde mueren veinte millones de personas, y otro donde mueren ciento cincuenta millones. No estoy diciendo que no nos ensuciaremos las manos, pero sí le digo que no morirán más de diez ó veinte millones de personas, no más, dependiendo de la suerte que tengamos —y diciendo esto, Turgidson hace una rápida oscilación con la mano, arquea una ceja y masca ansiosamente su chicle esperando la decisión del presidente.

En su libro La sabiduría de los psicópatas, Kevin Dutton plantea a uno de ellos, a quien llama Joe, este dilema:
—Un cirujano de trasplantes tiene cinco pacientes. Cada uno de ellos necesita un órgano diferente y morirá si no lo consigue. Desgraciadamente, no hay ninguno disponible. Un tipo joven y sano acude a la consulta del cirujano para un chequeo rutinario, y el médico descubre que sus órganos son compatibles con sus cinco pacientes. Descubre también que, si el joven desaparece, nadie podría sospechar de él. ¿Tendría derecho ese cirujano a matar al joven para salvar a sus cinco pacientes?
Joe no duda en su respuesta:
—Si yo fuera el médico no me lo pensaría ni un segundo. Cinco por el precio de uno. Cinco buenas noticias y en cambio una sola mala. Es un buen trato, ¿no?
Con este ejemplo Dutton trata de demostrar que los psicópatas «calculan las emociones mediante números». Es una de las conductas psicopáticas que va desgranando a lo largo de su libro, un compendio de todo lo que se ha especulado hasta ahora sobre el tema. Todas giran en torno a la mentira, la manipulación, la insensibilidad y la arrogancia. Y en otro punto, Dutton añade lo que opina Joseph Newman, profesor de psicología en Wisconsin: «La combinación de baja aversión al riesgo y la falta de culpabilidad o remordimientos, los dos pilares fundamentales de la psicopatía, pueden conducir, dependiendo de las circunstancias, a una carrera de éxito, ya sea en el delito o en los negocios. A veces en ambas cosas».

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El dilema

Elegir entre ciencias o letras era y sigue siendo una de las grandes disyuntivas a las que se tiene que enfrentar cualquier estudiante llegado un cierto momento. Y era y sigue siendo una disyuntiva tan falsa como perniciosa, una imposición interesada creada sobre la rivalidad supuestamente consustancial entre «los intelectuales literarios» y «los científicos de la naturaleza», como acuñó C. P. Snow en su famosa conferencia sobre las dos culturas, que esconde la rivalidad secular entre la ciencia infusa y la que nació con el pecado original. Esta última, animada por un concepto peculiar de progreso y en su intento de alejarse lo más posible de la primera, a lo largo del último siglo como poco, ha mostrado un desinterés creciente hacia aspectos fundamentales de la arquitectura del conocimiento, como la filosofía, el arte, la literatura e incluso muchas de las llamadas ciencias sociales, tal vez, también, porque los que huyen de las impertinencias de la razón siempre han considerado los saberes humanísticos como parte de su feudo revelado, a pesar de que es allí donde se encuentran los blasfemos más beligerantes o precisamente por ello. Lo que se ha desperdiciado en ese juego estratégico no es poco. Ha dado y sigue dando lugar a generaciones de estudiantes y profesionales cojitrancos adscritos a uno y a otro bando.

Razonablemente, ese juego debería de haber acabado ya. A estas alturas, caben pocas dudas de que la ciencia le ha arrebatado el trono a la religión de manera definitiva, incluso en su propio terreno. Como dice Lawrence M. Krauss en Un universo de la nada, «inventar toda una nueva serie de partículas en el espacio vacío imposibles de medir no suena muy distinto de proponer que un gran número de ángeles están sentados sobre la cabeza de un alfiler». Pero a los delirios de la ciencia se les puede seguir el hilo, por lo menos hasta un cierto punto, y en aquellos otros la razón no tenía nada que hacer desde el principio. Conocimiento es emancipación, y ésta significa ser libre para servir a la propia ignorancia, no estar al servicio de la de otros. La religión, con sus falacias ad ignorantiam, hoy es ya un puro chiste, pero un chiste tenebroso, que allí donde puede se impone por la fuerza, como ha hecho siempre, y donde no, suplica respeto y tolerancia, hipócritamente, con un deje de humillación que pone los pelos de punta, porque intuimos en qué se convertiría si no se viera obligada por las circunstancias a recurrir a la contemporización con los impíos.

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Tango

Hay días que acaban mal. No ha pasado nada malo, pero acaban mal. Porque te vas a la cama con el convencimiento de que nada ha cambiado ni cambiará. Uno se pasa la vida combatiendo esa afición a meterlo todo dentro del mismo saco, tan injusta, tan reaccionaria, que tantas cosas pretende justificar, y al final acaba sucumbiendo a la tentación. O a la evidencia. O al cansancio. Suscribiendo un tango. Pero es que tienes delante a alguien que te está repitiendo lo mismo por enésima vez, y  sabes que tú también te repites cada día más. Y esos periódicos que han venido a sustituir a los viejos —estabas hojeando uno— están envejeciendo a ojos vistas. Y esos articulistas que llegaron en forma de cuña roja, como la del cuadro de El Lissitzky, han acabado trazando círculos en torno a sus respectivos ejes, haciendo lo mismo que aquellos intelectuales de noria a los que tenían que desalojar. Y en esos políticos que se decían nuevos vislumbras el germen de lo que los otros acabaron siendo, ves eso que los sustenta a todos sustituyéndose a sí mismo.

Por alguna razón, hay días en que te acuerdas de aquel amigo que poco antes de morir exclamó: «Esto es una estafa», y por cómo lo dijo supiste enseguida que no se refería a la crisis, aunque por entonces ya habíais comentado muchas veces que la crisis era eso, una estafa, que vaya descubrimiento. O de aquél que te dijo, mientras te daba la mano por última vez y lo sabía, que «no sabía si había valido la pena», y entonces todavía no había crisis o no sabíamos que la había. O de aquél otro —ya llevas unos cuantos— que, ante la inminencia de su último viaje, pasó sus últimos días contraprogramándole a la muerte una excursión a Corfú, donde él creía que estaba el principio de todo, con aquellos amigos que sabía que nunca volvería a ver. No quería ir a ningún sitio, quería regresar. Y ves a todos los que todavía campean, yendo cada uno por su lado, creyendo que se salvarán solos, y sabes que no, estás convencido de que un día se despertarán y algo que ahora no quieren ver ya no estará allí para poder ser ignorado, y esa ausencia les habrá quitado la tontería, y se sentirán tan desolados como tú te sientes a veces. O no, porque mientras el tiempo nos mata, nosotros decimos que matamos el tiempo, y a más de uno la muerte lo pillará en esas.

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España y La reina de España

Cuando se le entregó el Premio Nacional de Cinematografía en Donostia a finales de 2015, Fernando Trueba dijo que no se había sentido español ni cinco minutos de su vida, y que habría preferido que la Guerra de la Independencia la hubieran ganado los franceses. Lo dijo con la clara intención, primero, de desmarcarse de cualquier sentimiento nacionalista («nunca he tenido un sentimiento nacional», dijo claramente) y, segundo, de reivindicar el pensamiento ilustrado y libre de fronteras que aquí se rechazó en su momento a boñigazos —a las ideas y a los afrancesados que las defendían—, inaugurando una sangría intelectual que con el tiempo se ha convertido en el rasgo más característico de la marca España. Desde entonces, sin olvidar algunos ilustres precedentes, buena parte de la cultura española ha sido y es una cultura de exiliados, tanto interior como exterior. Las palabras de Trueba desataron una reacción en cadena de esos que braman contra el nacionalismo de los otros, que culminó en una llamada al boicot de la película que estaba empezando a rodar en aquellos momentos, La reina de España. Lo que ha destapado esa ventolera es aterrador. La reina de España le ha levantado durante unos meses el faldón a este país y ha demostrado que aquí hay entresijos que todavía huelen como el camisón de aquella cochina que, según la leyenda, prometió no lavarse hasta conquistar Granada.

Trueba, que fue de los primeros directores españoles en rodar una película en inglés en los años ochenta, es de los pocos que todavía se atreven a hacer de vez en cuando un cine «local», es decir, pegado a su realidad social e histórica más inmediata, como lo hacían Berlanga, Bardem, Fernando Fernán Gómez o Saura. En ese sentido y en muchos otros, Trueba, paradójicamente, es más español y su película más española que cualquiera de los thrillers de factura impecable que últimamente se hacen aquí, pero que podrían haber filmado igual un americano o un danés en sus respectivos países. Además, La reina de España, que tampoco ha gustado mucho entre la progresía, algo que habría que analizar a fondo, es también un original ejercicio de memoria histórica con el que el cineasta ha conseguido soliviantar a unos sectores que por lo habitual, significativamente, se muestran indiferentes ante productos que se enmarcan enfáticamente en esa corriente. El rescate que Trueba hace de la historia, además de divertido y pedagógico, es inteligente y combativo. Su película, mas allá de ciertas tosquedades y arritmias, es densa en referencias (que no todos captarán), ajusta cuentas y rinde homenajes, pero sobre todo no se detiene en el mundo que retrata, sabe llegar hasta nuestros días (en ese sentido, el boicot al que ha sido sometida es un indicativo de su eficacia) y planta cara con éxito a esa otra memoria histórica oficialista representada por series como Cuéntame, Amar en tiempos revueltos, la muy infame Lo que escondían sus ojos o Isabel sin ir más lejos. Con su reina lenguaraz y sarcásticamente antifranquista, ha demostrado que, más de cuarenta años después de muerto, si intentas meterle un dedo en el ojo al Generalísimo dejas tuertos a unos cuantos que se tienen por vivos y que se revuelven contra ti cual demonios.

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Te voy a decir la verdad

El viejo dicho «quien ríe el último ríe mejor» comienza a no ser verdad. En una sociedad tan acelerada, si uno espera demasiado corre el riesgo de no tener nada de qué reírse o de tener que reírse solo, que es muy triste. La consigna ahora es que hay que reírse cuanto antes mejor. Con la historia pasa igual. La historia la escribían los vencedores, en pugna con los perdedores, con una cierta paciencia y perseverancia. Ahora las cosas han cambiado. Se ve en el descrédito del periodismo. Antes los periodistas eran, o simulaban ser, testigos de cuanto sucedía, y se abstenían de interpretarlo o por lo menos de que se notara. Eso correspondía a otros y todo iba por orden. La prensa hacía los ladrillos y los historiadores construían el relato legitimador bajo el que se cobija el poder. Ahora no. No hay tiempo para tanta parsimonia. Los periodistas están suplantando a los historiadores, el periodismo está ya muy lejos de la objetividad que reclama y ya no es que sea opinión: quiere ser axioma. Con el resto de actividades que intervienen en la construcción del relato hegemónico pasa algo parecido, empezando por el cine.

De un tiempo a esta parte la industria cinematográfica parece obsesionada en hacer películas basadas en hechos reales. O eso dicen que son. Bajo ese epígrafe (y otros como «biopic» o «hechos históricos») se han rodado cientos de historias en las dos últimas décadas, probablemente más que en los cien años anteriores. Nunca faltan obras de este género entre las nominadas a los Oscar a la mejor película. En 2014 hubo hasta seis entre nueve que pertenecían a esta categoría. Y lo curioso es que cuando uno las ve, tiene la impresión de que lo que se nos cuenta es increíble, de que es irreal. El aviso que precede a los títulos de crédito tendría que decir más bien «basada en hechos extraordinarios». Porque el caso es que hay películas que se presentan como de ficción, cuyas historias parecen mucho más reales que las que cuentan esas que supuestamente se basan en la realidad.

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No citarás a Voltaire en vano

Voltaire siempre supo nadar y guardar la ropa. Salvó el pellejo varias veces sin necesidad de desdecirse, pero sí huyendo oportunamente tanto de amigos como de enemigos. Por eso da risa ver como se le atribuye insistentemente una estupidez como esta: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Hace ya una pila de años que se sabe que la frase no es suya, sino de Evelyn Beatrice Hall, que en su Vida de Voltaire —obra publicada en 1906 bajo el pseudónimo de Stephen G. Tallentyre— la puso en boca de su biografiado. La propia Hall desmintió que Voltaire dijera realmente tal cosa. Dijo que la frase se le había ocurrido interpretando algo que él escribió en su Tratado sobre la Tolerancia: «Pensad por vosotros mismos y dejad que otros gocen del privilegio de hacerlo también», frase que tampoco se encuentra en dicha obra ni en ninguna otra del ilustrado francés, pero que, al menos, hay que reconocerlo, constituye una defensa mucho menos histérica de la libertad de expresión que la cita de marras. Sin embargo, ésta sigue haciendo fortuna y se sigue y se seguirá atribuyendo a Voltaire, porque, si no, perdería mucha de su supuesta eficacia. A las citas les pasa lo mismo que a muchas obras de arte: valen lo que valen sus firmas.

El famoso adagio apócrifo condensa a la perfección ese culto acrítico a la tolerancia que, literalmente, nos está matando, nos está dejando inermes frente a unas élites y grupos de presión que mienten por todos sus poros en el ejercicio de su libertad de mentir. Porque se da el caso de que hay quienes apelan a la tolerancia mientras retuercen las leyes para evitar que prospere la diversidad de opiniones y, sobre todo, para evitar que prevalezcan las más sensatas. Y quienes lo hacen suelen ser, precisamente, los más intolerantes cuando ven que sus posiciones corren peligro. Ocupados en eso los hay de varios colores, pero curiosamente todos acaban reclamando el poder coactivo del Estado para imponer «la tolerancia». La reivindicación de la tolerancia, como tantos otros valores otrora subversivos, se ha institucionalizado, se ha convertido en un dogma. Una paradoja que Voltaire seguramente no pudo prever en una época en que el poder no necesitaba enmascarar sus arbitrariedades con eufemismos. O sí, porque en el capítulo XVIII de su citado Tratado dejó escrito, esta vez de verdad, que «es preciso que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia».

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